Sylvia Bustamante Gubbins

La maestra de ballet

In Danza on 17/03/2010 at 21:50
Evelyn ovacionada junto a sus hijas en el Teatro Municipal

Evelyn ovacionada junto a sus hijas en el Teatro Municipal de Santiago

Evelyn Cordero, ex bailarina y directora del Conservatorio de Danza Experimental que lleva su nombre, ha dejado su huella no solo en el cuerpo de muchas bailarinas, sino también en el alma de esas mujeres. Aquí nos relata su vida, sus luchas y sus logros.

Su hogar es la réplica de un teatro. En el salón, las butacas están cubiertas de terciopelo verde botella y el piano de su infancia sigue chispeando notas. En la entrada dejamos el departamento de vestuario: un cuarto de costura con miles de tules, lycras, lentejuelas, maniquís y máquinas de coser. Al fondo del jardín, está el de utilería: una casita de troncos que guarda todas las herramientas imaginables.

Desde que tiene uso de razón, su vida ha estado ligada al escenario. “Mis hermanas mayores estaban en clases de ballet y yo, que iba a mirar, me metía por ahí a bailar. Hasta que la profesora le dijo a mi mamá: Déjela. Y desde entonces no paré. Tenía tres años y medio”, cuenta con los ojos brillantes Evelyn Cordero. Hoy, a sus 84 años, sigue enseñando junto a sus hijas Beatriz y Bernardita Alcalde, y a un grupo de maestras de baile en el Conservatorio de Danza que lleva su nombre.

Por su escuela, ya un icono de la comuna de Vitacura, han pasado centenares de mujeres. Algunas de ellas famosas como la diputada Marcela Cubillos, la periodista Soledad Onetto, la ex Miss Universo Cecilia Bolocco y su hermana Diana. Las alumnas van desde niñitas preescolares hasta abuelas que no han querido colgar las zapatillas. Y cada final de año, grandes y chicas personifican un papel en una función especial. En diciembre pasado la obra elegida fue La Cenicienta y el Teatro Municipal de Santiago se llenó de color, baile y aplausos.

Un hombre al lado de una gran mujer

Evelyn nació en Viña del Mar en una familia de buen pasar económico. Su padre era armador y tenía una flota de barcos que se movía por todo el Pacífico. “Recuerdo un viaje cuando era lolita. Zarpamos rumbo a Estados Unidos con guardiamarinas que iban a buscar el buque escuela Lautaro. En Caldera recibimos un telegrama de mi papá, en que decía que se ha declarado la guerra y debíamos volver. Pero lo estábamos pasando tan bien, con fiestas en cada puerto, que rompimos el mensaje y seguimos viaje”.

La II Guerra Mundial repercutió fuertemente en el negocio naviero, al punto que su familia tuvo que trasladarse a Santiago. Evelyn tenía 18 años y no quería ser una carga para sus padres. Por eso prefirió quedarse en Viña donde abrió su primera escuela.

¿Siempre quiso ser bailarina?

— En ese tiempo no existían las bailarinas profesionales y mi familia tenía miedo que me dedicara a la danza. Preferían que siguiera con mis estudios de piano. Fueron tantas las peleas que tenía con mi madre, que entre los 14 y 18 años dejé de bailar, en esa edad súper importante. Volví a bailar después gracias a una invitación de la que sería mi cuñada. Tomé clases con un bailarían ruso y bailé muchos años en el Teatro Municipal. Ensayábamos todo el fin de semana y volvía los lunes a Viña a dar mis clases.

A los 24 años se casó con Roberto Alcalde, luego de 10 años de noviazgo.  ”Lo que pasa es que mi marido tenía una vida intensa. Estudiaba ingeniería en la Universidad Santa María y esperé a que se recibiera. Estuvimos casados más de 50 años. Hace cinco años envidié”, señala dejando entrever su nostalgia.

¿Volvió a dejar el ballet en otra etapa?

— Cuando nació mi segundo hijo me quedé en casa. Al pasar el tiempo, mi marido me empezó a encontrar un poco apática y habló con mi hermana para que tomara clases con un bailarín húngaro. Se pusieron de acuerdo, haciéndome creer que solo la acompañaría a mirar la clase. Y al llegar el maestro me dice: ¡Oh, mi hijita, la estaba esperando!

¿Quién era el maestro?

— Charles Cedenchi, un bailarín húngaro de origen noble, de una exigencia, olvídate. Quebraba las barras si no le entendían y la gente terminaba llorando; menos yo. Me adoraba porque era la única que hacía lo que quería. Empezábamos a las diez de la mañana hasta las dos de la tarde sin parar. De ahí iba a ver a los niños, en las tardes daba clases con María Eugenia Lorca, volvía a comer a casa y a las 10 de la noche estaba ensayando El Príncipe de Madera. Fue tremendo volver al ballet.

¿Cómo fue el estreno de esa obra?

— Terrible, porque había una gran expectativa. Todos en Santiago esperaban ver el trabajo de este maestro. Llegó el día de la función y los arreglos de flores que había mandado a hacer, no llegaron. Empezó a patear los decorados cuando estábamos a punto de empezar. ¡Fue atroz! Dijo que se iba y yo le respondí que era un cobarde. Total, los bailarines nos pusimos de acuerdo y salimos al escenario, mientras él nos veía desde la platea.

Pioneros en el Teatro Municipal

Todo el esfuerzo desplegado para aquella función, no caló en el público por ser una obra contemporánea para la época y por lo “endiablada” de la música del compositor Béla Bartók. Fue entonces cuando su marido fue becado a Francia por el gobierno de la época y la compañía de electricidad donde trabajaba. Estuvieron ocho meses recorriendo la Costa Azul, los castillos del Loira, Marsella, Lyon, Grenoble y París. “Aproveché y tomé clases. Me fue fantástico. En París estuve con una bailarina famosa de los tiempos de Nijinsky. Estaba viejita, como yo ahora. Otra vez estaba caminando y vi anunciada una función de las bailarinas chicas de la Ópera de Lyon. Me metí y gocé”, recuerda Evelyn.

De vuelta a Chile volvió con las clases…

— Sí, me incorporé otra vez con Cedenchi, pero al poco tiempo el maestro se choreó y partió a Estados Unidos. Además, nacieron mi segundo grupo de hijos.

La música clásica, las exposiciones, la lectura, además de la danza, eran parte de las actividades del matrimonio y sus cinco hijos. Tanto así que su hija Beatriz dirige la Compañía de Danza Experimental I.D.E.a, Bernardita acaba de licenciarse en Coreografía en La Sorbonne de París y Andrés es compositor.

¿Cómo resumiría su matrimonio?

— Ah, maravilloso. Lo pasé tan re bien. Es que mi marido era un hombre fantástico. Empezando porque nunca me prohibió nada. De las artes, era fanático del piano, violín y contrabajo; lo que menos le gustaba era la danza. Aún así, salía a las seis de la oficina y a la media hora estaba en la casa con los niños. Si les faltaba un lápiz, él salía a comprarlo, porque yo no estaba. Inventaba cosas y le encantaba la cocina. Cuando murió, se me vino el mundo encima, porque yo no sabía lo que era llamar a un electricista. Le diagnosticaron Alzheimer, un hombre que nunca había estado enfermo de nada. Lo cuidé hasta lo último, pero fue bien espantoso.

Los últimos años han sido extremadamente dolorosos para Evelyn, porque además ha sufrido la partida de personas muy queridas y que acogió en su propia casa. Su prima Saruca, su hermana mayor y la muerte de una de sus alumnas le inundaron de tristeza el corazón. Lo peor fue el cáncer que se llevó a su nuera Carolina. “Menos mal que siempre he pensado que hay que salir a flote como sea. A veces, cuando tengo ganas de estar depresiva, digo ¡no! Hay que poner un pie fuera de la cama, pararse y salir. Con este método he sacado adelante a señoras y niñitas con problemas. Es muy importante la sicología para la danza. La misma Cecilia Bolocco de chica era muy tímida, para qué decirte, pero muy habilosa y buena hermana. Yo decía que iba a ser Miss Universo y el ballet le ayudó a sacar personalidad”.

Y la anorexia…

— Oh, por Dios, es atroz. Uno se da más cuenta que los papás, porque las ve en mallas. Una vez llamamos a la mamá y se puso furiosa, que no teníamos por qué meternos en su vida. Pero también nos ha tocado mamás súper habilosas. Una quería que su hija siguiera bailando, pero me negué. Tú mijita, le dije, mientras estés así no pisas la sala de ballet, así que piénsalo bien. Si tú quieres bailar –le encantaba- tienes que alimentarte. A los tres meses estaba de vuelta. También es problema decirle a la niñita cuando está muy gorda.

Volvamos un poco atrás. ¿Recuerda su época en el Teatro Municipal?

— Nosotros con Vadim Sulima trabajábamos como profesionales, aunque no nos pagaban. Montamos El Lago de los Cisnes, Fausto, Noches de Walpurgis, Las Tres Pascualas (una leyenda chilena), entre otras.

Era amor al arte…

— Sulima y su mujer eran una pareja de rusos que llegaron al Estadio Nacional. A la gente que tenía trabajo los dejaban salir. Supe de ellos y junto a mi cuñada y tres bailarines extranjeros, los contratamos. Cuando el ballet creció, nos fuimos al Municipal. Nosotros hacíamos los trajes, ayudamos a coser las cortinas, escenarios, decorados, todo. También con Sulima fui solita, bailé los pas de quatre famosos, Los Grandes Cisnes, El Pájaro Azul.

¿Siempre fue solista?

— Mmm (asintiendo).

¿Y qué sentía al bailar?

— Yo gozaba no más, nunca pretendí ser algo más. Siempre les digo a las niñitas: hay que bailar aunque sea en la última fila.

¿Qué fecha parte el Conservatorio de Danza?

— En 1950, con María Eugenia Lorca empezamos con seis alumnas y terminamos con 60. Cuando se fue al extranjero, arrendé un galpón en la población El Ejemplo, pegado al colegio Las Ursulinas. Me decían: ¡Nadie va a ir para allá! Pero me llené, tuve 240 alumnas. Hoy tengo nietas de mis primeras alumnas y muchas han seguido la carrera profesional.

Que bailan en el Municipal…

— Varias que no me nombran y por eso tampoco las nombro. Parece que les da vergüenza haber estudiado en una escuela no profesional. También tuve chiquillas fantásticas. La Marcela Cubillos la adoro, era exquisita, hacía lo que quería. También Cecilia y Diana Bolocco, Soledad Onetto y Luz Carola Ossa, que tiene una academia en Lo Barnechea. Además, tengo tres alumnas que están estudiando pedagogía en danza en la Universidad de Chile.

Las vueltas de la vida quisieron que volviera a pisar el mítico escenario del Teatro Municipal de Santiago, esta vez dirigiendo a las alumnas de su escuela. No se escatimó esfuerzo en el montaje de La Cenicienta: los trajes rebosaban de color y creatividad, los ensayos corrieron sin pausa y las coreografías formaron un caleidoscopio donde sus alumnas derrochaban maestría y las pequeñitas despuntaban gracia. Pero los mayores aplausos se los llevó Evelyn, una mujer de temple que ha sacado adelante cada uno de los sueños que se ha propuesto. Chapeau!

  1. Evelyn, cachito querido,
    Te felicito! Eres espectacular!!! Te quiero mucho por todo lo que eres y haz hecho!

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